jueves 6 de noviembre de 2014

Falleció en Montevideo el 5 de noviembre de 2014, uno de los más destacados pediatras uruguayos, que enseñó a muchas generaciones y fue generoso en la enseñanza y la asistencia. Un auténtico caballero, que hizo una evolución poco común.
Por Dr. Antonio L. Turnes.
Luego de ejercer durante décadas en el interior de Rocha, en la ciudad de Castillos, vino a Montevideo, concursó y fue médico de Puerta del Hospital Pereira Rossell, entre muchas otras actividades, donde sembró enseñanza y fue maestro de muchos que llegaron a ser profesores o médicos que guardaron de él un recuerdo imborrable.
Nacido en Castillos (Rocha) el 19 de setiembre de 1930, cursó Primaria en su ciudad natal, y secundaria y preparatoria en el Liceo Departamental de Rocha. Ingresa a la Facultad de Medicina en 1949, egresando el 28 de abril de 1958. En octubre de 1974 obtiene el certificado de Especialista en Pediatría por competencia notoria. Desde julio de 1958 a setiembre de 1969 trabaja como médico general y pediatra en la ciudad de Castillos, realizando consulta privada y actuando en el Hosiptal «Dr. Pedro Ferrer» y en el Sanatorio «Castillos» fundado por el Dr. Víctor H. Briozzo, en 1963. Desde octubre de 1969 hasta su retiro en 1995, actúa en Montevideo como Pediatra de zona del CASMU, en el Hospital Pereira Rossell, y en la Unidad Coronaria Móvil, como Jefe de Pediatría.
En el MSP fue Practicante Externo e Interno entre los años 1955 y 1958. Médico de Sala, Policlínica y Asistencia Domiciliaria Pediátrica del Centro Auxiliar de Castillos desde 1959 a 1969. En el Hospital Pereira Rossell fue Médico Pediatra por concurso de Rotación y Méritos, desde octubre de 1969 hasta su retiro en 1992, cumpliendo 40 años de actuación en el MSP. Fue Médico de Guardia entre 1970 y 1976 y Jefe de Sala de Emergencia desde 1976 a 1992.
En la Facultad de Medicina destaca su actuación como Médico Auxiliar del Instituto de Pediatría, desde 1969, en la Clínica del Prof. Dr. Ramón C. Negro. Profesor Adjunto (honorario) de dicho Instituto en noviembre de 1977. Médico pediatra colaborador de la Cátedra de Toxicología. Realizó docencia para pre y postgraduados desde 1969 a 1992, como médico de guardia y en Sala de Emergencia de Niños.
En el Consejo del Niño actuó entre 1960 y 1967, integrando el Subcomité Delegado del Consejo en Castillos. Fue integrante del Consejo Directivo de la Fundación Peluffo-Giguens y de la Escuela «Franklin Delano Roosevelt» y de la Asociación Nacional para el Niño Lisiado, como Miembro del Consejo Técnico.
En ocasión de su retiro, el Consejo de la Facultad de Medicina le tributó un homenaje por su continua labor en la Clínica Pediátrica y en la Emergencia del Hospital Pereira Rossell, donde ejerció un generoso magisterio a muchas generaciones de Practicantes Internos y médicos jóvenes, destacando su trayectoria como universitario cabal, con un nivel académico de primera línea. En la misma sesión se resaltó su destacada trayectoria en el Departamento de Rocha, donde conocedores del lugar afirmaron que su labor había sido brillante y reconocida por todos, señalando que ha sido y será siempre «un instrumento de paz». Fue señalado, además de su capacidad como pediatra y como médico, su calidez humana, expresando un profesor que desearía que la Facultad de Medicina tuviera muchos doctores Debat, ya que él podría haber ocupado perfectamente un cargo docente en esta Casa.
Cierta vez me contó que, siguiendo las viejas prácticas de la deontología médica, cuando vino a Montevideo y se estableció en la zona de Punta Gorda, fue a visitar uno por uno a sus colegas ya radicados allí, para anunciarles que se instalaría allí para ejercer, y conocer si tenían inconveniente en que lo hiciera. Por supuesto, la respuesta fue unánimemente favorable, por ese gesto tan inusual. Entre otros visitó a la Dra. Irma Gentile-Ramos, que desde luego le dio la bienvenida al barrio. Los valores éticos del Dr. Debat eran de una altura poco común, por lo que también merece ser eternamente recordado.
Siempre aprovechó la enseñanza incidental que se da en las guardias, donde tanto se aprende, con personas como él, generosas en compartir, con una curiosidad insaciable por aprender con cada enfermo. Mantuvo su autoridad sin autoritarismo, acompañado de aquella voz grave y solemne que lo caracterizó; con una veta de fino humor que lo acompañó hasta el final, preocupado por todas las cosas humanas y por conservar un amplio círculo de amigos que lo reencontraban cada semana en una reunión amistosa en un Café de Carrasco, para compartir historias y retazos de vida. Se ha ido un grande de la Medicina. Su recuerdo permanecerá imborrable en todos quienes le conocimos y apreciamos sus valores profesionales y humanos.
Llegue a sus familiares, discípulos y amigos, la solidaridad por esta irreparable pérdida. Se nos ido otra figura imborrable de la vieja guardia.
Que descanse en paz.


